miércoles, 11 de mayo de 2016

Ascendiendo a lo sagrado

Hubo un tiempo en el que estaba buscando nuevas tierras para cultivar. Me adentré en la quebrada y ascendí la montaña por un sendero que me llevó alrededor de cinco días recorrer. Yendo por aquel camino y antes de llegar a la cima, me hallé con algo que casi me encegueció. A mitad de camino, entre las cimas del Machu Picchu y el Huayna Picchu, me encontré con una ciudad que parecía estar habitada. Entre los verdes esmeraldas y los rayos de sol colándose por entre las nubes, todo me parecía un sueño.
Luego, prestando atención, no se veía humano alguno caminando por la ciudad. Parecía que todos se hubieran marchado para alguna ceremonia y que luego irían a volver pero no.
Lentamente me fui acercando y solo surgía en mí respeto, como si estuviera pisando algo sagrado. Los escalones construidos, seguramente para cultivar, excavaciones por donde correría el agua en las épocas de lluvia, calles, fuentes, establos, cocinas. Es verdad que cuando me aproximé descubrí que eran ruinas, pero ruinas que incluían palacios,  templos y plazas.
Con tanta organización y belleza al mismo tiempo, ¿por qué sus habitantes ya no irían a regresar? Si yo no hago más que ir y volver, no puedo despegarme de ese lugar que me atrae como una mujer maldita.
Ahora estoy a orillas del río Urumbamba, a punto de cruzar, para volver a encontrarme con la ciudad perdida. Quizás no haya elegido el mejor momento, las lluvias han tornado al río mucho más torrentoso que aquella vez, la primera vez, cuando todo me deslumbró. Ya estoy sumergido en el río, solo quiero volver a verla. El agua tiene mucha fuerza y me cuesta hacer pie, pero tengo que llegar a la otra orilla para recomenzar mi visita. Veo la costa alejarse mientras la corriente me arrastra río abajo pero casi al mismo tiempo la bruma se abre y me veo otra vez caminando por entre las piedras y los muros que, como siempre, me envuelven con su enorme paz. Soy Agustín Lizárraga y me declaro el nuevo Inca.

Andrea M. Leiva


Sincretismo digital


¿Alguien alguna vez se preguntó adonde van los archivos que se borran de una PC? ¿Quedan dando vueltas dentro del CPU en forma de vaya a saber que partículas? ¿Van a otra dimensión, a otro nivel digital? Además, ¿hay vida más allá del disco rígido o memoria?
Se supo de gente que pudo reecontrarse con viejos archivos borrados y eso fue a través de una práctica que se llama "archivismo”. Una sesión de archivismo se realiza a través de un medium, preferentemente de profesión programador. Recomiendan que las personas que participen no sean ni escépticas ni temerosas, ya que pueden complicar la sesión.

Se citan en un lugar tranquilo y silencioso, donde las luces se puedan atenuar. De hecho, la mesa se ilumina solo con las linternas de los celulares. El tablero de ouija está en un pad grande y se mueven sobre él, claro, con un mouse. El horario ideal para realizarlo no es a la medianoche, es alrededor de las 18 hs, horario que parece ser muy importante para los archivos. Y si lo analizamos bien, algo de eso es verdad: el atardecer suele ser el momento donde los programas se cierran misteriosamente, haciéndonos perder todo lo trabajado en un archivo. O al archivo mismo.

Se sientan todos en círculo, se baja la luz, se silencian los celulares. Se deja una notebook prendida pero sin conexión a Internet, donde también se verán las señales del archivo invocado. Todos se toman las manos y comienzan con la oración al Santo Ordenador. El médium comienza con las preguntas, que previamente le han citado los participantes. Por ejemplo: “Banner_fundacion_final_final_finalenserio.psd, nos reunimos esta noche porque esperamos recibir una señal de tu presencia. Siéntete bienvenido a nuestro círculo y únetenos cuando estés listo. Haz que el antivirus comience a funcionar si eres realmente Banner_fundacion_final_final_finalenserio.psd ”. De esta manera, y junto al pad ouija, se pueden ir conociendo distintas respuestas y dejar tranquilos a los antiguos dueños de los archivos.

Por último la sesión debe cerrarse con un agradecimiento y cantando todos juntos “Los pixeles vienen marchando”

De todas maneras, aclaro que en mi caso, prefiero despedirme de ellos de una vez y para siempre, sabiendo que en su existencia sus buenos servicios me habrán prestado y que ahora es tiempo de soltarlos, para que al fin puedan descansar sus bytes en paz.
Andrea M. Leiva


Octubre 2016

miércoles, 4 de mayo de 2016

Jornada Laboral


Miguel llegó temprano por la mañana y, como siempre, se sintió en su hogar. Amaba ese mundillo de gente yendo y viniendo, la energía que todo lo parecía arrastrar.

Lo primero que hizo, casi de manera compulsiva mientras descendía, fue posar su mano derecha en la goma y sentir esa tersura en movimiento, al mismo tiempo las suelas de sus viejas zapatillas les permitieron percibir también la rugosidad del metal. Ese sencillo acto lo preparaba para encarar el día.

Comenzó a caminar y a observar a las personas: hombres de traje que solo portaban su celular y al que miraban aislándose, mujeres con grandes carteras, chicos con sus mochilas, ancianos ocupados en tratar de mantener el equilibrio y un abogado algo distraído reteniendo folios que parecían querer escaparse de su voluminosa carpeta.

Con sus manos en el bolsillo aspiró ese olor. Ese olor. Grasa, aceite, metal. Viejos y conocidos aromas que lo acompañaban desde muy pequeño.

El traqueteo se oía desde lejos y sobre el chapón de la pared de enfrente se reflejó una luz roja. Era su señal. Los chirridos de los hierros rozando confirmaron su llegada. Todos comenzaron a pugnar por ingresar pero él tenía vasta experiencia, dejó pasar algunos y a otros les ganó con precisión un lugar.

Como pudo se acomodó dentro de ese arco iris de colores y perfumes. Todo el mundo yendo a sus ocupaciones y el suyo ya comenzaba, en minutos nada más. 

Cuando su primera faena estaba terminada, un toque de codicia pudo más y fue el primer error en su extensa carrera. El abogado, que mantenía prieta su carpeta debajo del brazo, lo vio y gritó, a la vez que lo señalaba:

-          -¡Hijo de puta! ¡Le estás robando la billetera a la abuela!

Hasta llegar a la siguiente estación, le fueron enseñando a Miguel que eso no se hace. Y que su oficio no es ni bien recibido ni es utilitario para el resto de la sociedad. 

Los perfumes, los sonidos y los colores de la celda le hacían recordar muy poco, casi nada, a la estaciones de subte que lo solían cobijar.

Andrea M. Leiva