miércoles, 25 de enero de 2012

Lo que el viento te dejó

Parado en la playa, mientras tu pelo se revuelve, te preguntas: "¿Qué hago yo acá?"

Pasaron muchos, muchisimos años desde que lo vieras por última vez. Siempre tan lejano, tan perturbadoramente ausente. A veces te lo imaginabas regresando e invocando el padre que nunca fue, para poder darle un humillante portazo en la cara. Otras veces lo veías arrepentido, cambiado y pidiendo con humildad que lo perdonaras.
Pero la mayoría de las veces no querías pensar en él y en su callada ausencia. Tus hijas preguntaban por ese hueco, por ese abuelo que estaba en ninguna parte y vos hacías fintas con las palabras.

Una voz llegó desde miles de kilómetros para recordarte que eras un hijo, avisándote que su regreso iba a ser imposible, que en un hospital te aguardaban solo sus restos. Te bebiste esos kilómetros sólo, porque así lo querías enfrentar. Bajaste del auto y un fuerte viento te recordó cuan lejos de casa estabas.

Entre trámites penosos y formalidades varias, alguien te alcanzó hasta la casa, para que pudieras recoger sus cosas. Después volviste a quedar solo y antes de partir, llegaste hasta la playa.

Y entonces, en la soledad del invierno, te respondiste que estabas allí porque habías ido a buscar solo lo que el viento te había dejado:  una ausencia definitiva y un manojo de interrogantes.

domingo, 10 de julio de 2011

El hombre detrás del velo

Nunca supo que pensaste, nunca supo que padre irías a ser. Las damas te cubrieron con un velo y tu verdad nunca pudo salir. No se te nombró más y  ninguna de tus anécdotas lo abrazó. De abrazo solo le quedó un retrato sepiado donde lo tenés amorosamente aupado y nada más.

Él caminó siempre entre brumas, sosteniendo ese mismo velo que nunca se animó ni pudo descorrer. Al principio estaba muy ocupado cuidando la fragilidad ajena, mientras él mismo se iba deshaciendo de dolor. En un viejo ropero le recordaban tu ausencia un par de polainas y tu reloj de bolsillo.

Después llegó su propia historia pero la tuya siguió injustamente oculta. Una nena curiosa lo lanceaba para que le hablara de vos pero él más fuertemente se aferraba a ese velo. Protegiendose, protegiendome.

Cuando ya pintaba sus canas, un viejo soldado agitó la niebla y le habló con la verdad pero ya era tarde. Demasiado tiempo de preguntas que apenas se esbozaban, de respuestas que nunca aparecían y que no habían hecho más que ir tallando una oquedad cada vez más grande en su interior.

Un día no pudo más y tomó el velo que te cubría, se lo ató a modo de capa y voló. Y la nena curiosa, abuelo, se quedó sin su Superman.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Un borracho, dos chicas y una puta

Este traqueteo me está volviendo loco. Mi cabeza va de acá para allá. No sé si es por el movimiento del colectivo o son los guantazos que me tira el vino que tomé antes en un bar del centro. Uno, dos, tres vasos. Hasta ahí llegó mi cuenta y después no supe más. Estoy volviendo a la pensión, ni me acuerdo como llegué hasta la parada.

Es siempre lo mismo, un vaso comienza a cubrir el tiempo que llevo sin trabajar, desde que el Manco tuvo que cerrar el taller. El siguiente nubla la partida de Graciela y la Nena, ya cansadas. El tercer vaso va solo porque estoy triste.

Ya queda poca gente en el colectivo y entre los asientos descubro a dos chicas, si hasta se parecen a la Nena. Al pricipio las oí reír pero ahora no, parecen preocupadas y miran con desconfianza, como desconociendo todo.

A medida que nos acercamos a la parada final, vamos quedando menos y terminamos solos el chofer, las chicas y yo. ¿Una de ellas era la Nena? No sé, no veo bien. Es que se me nubla la vista.

La que me parece la Nena está asustada y mira a su amiga deconcertada. Cuando el colectivo recala en su final, me doy cuenta que las chicas están perdidas. Les digo que ahi termina el viaje. Me miran con miedo y, dudando, le preguntan al colectivero. Claro, les da más seguridad alguien sobrio, limpio y afeitado. Lo que pasa es que la Nena no me reconoce.

Me bajo como puedo y les explico donde estamos pero no sé si mis palabras se entienden. No importa, el colectivero resultó macanudo, ni siquiera se rió cuando me tropecé con la punta del adoquín sobresalido.

Ahí veo a Caty que me está mirando y todo vuelve a empezar.


***

Menos mal que el frío se va alejando, el invierno hace más duro mi andar. Ya ni me acuerdo cuando ni cómo comencé mi camino. Los pasos sobre la calle hacen que se vayan distorsionando los recuerdos. Hoy todo está tranquilo, tengo ganas de ir y tirarme en la cama a escuchar la radio y cerrar los ojos y hacer como que no soy yo. Pero no puedo.

A lo lejos veo el bamboleo del colectivo, llega generalmente vacío o a veces trae a Luis. Pobre, me recuerda a mi viejo, boxeador fracasado y borracho triste que solo volvía a casa para tumbarse en la cama a dormir y llorar. Luis es un buen tipo que está perdiendo por knout out aunque yo no esté mejor parada en el ring.

¡Que raro! Llega el colectivo y se bajan dos chicas y Luis. Veo que Luis les explica algo y dibuja en el aire rutas fantasmales. Deben estar perdidas las chicas, seguro que piensa que una de ellas es la Nena. Siempre cree ver a la Nena. Veo que suben al colectivo que está a punto de partir. La Nena finalmente va a volver a su casa.

¡Ay! Se tropezó y a mi me dan ganas de ir corriendo a sostenerlo y abrazarlo pero tengo que seguir esperando. Lo veo venir a paso confuso y ya no me siento con ganas de estar acá parada, ¡total! no hay muchos clientes. 

Camino apurada hasta quedar al lado de Luis, dudando me pasa el brazo sobre mis hombros  y apoyo mi cabeza en él. Y así, arrastrando los pies nos vamos para la pensión, a soñar que somos otros, a soñar que la vida no nos pudo.


martes, 14 de septiembre de 2010

Mirá para arriba. Mirá para abajo

Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro... Subo los escalones, bajo los escalones. Arriba: la paz, el sosiego. Abajo: el caos y la incertidumbre. No hay una estación en el medio que me indique que hacer ni como encontrar el eje. Subir, bajar, flotar, mientras busco los rayos y las nubes, mientras atravieso el aguanieve y los vientos. No estoy sola pero cada cual a su ritmo y no importa. A veces me alcanzan, otras me sobrepasan pero siempre correteamos en esos cuatro escalones.
Bueno, no siempre son cuatro. Hay días, por ejemplo,  que son ocho para abajo y doce para arriba y eso me sorprende. Y es ahi cuando me alegra no haber perdido mi capacidad de sorpresa ni mis ojos infantiles.
Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro... Fin

jueves, 8 de julio de 2010

Horizontalidad

La vida te lleva a andar recorriendola de a pie pero un día algo te invita sin consultarte a recorrerla desde la horizontalidad. Claro que perdés la posibilidad autónoma de traslado y hasta, por momentos, te abruma la quietud. Pero vamos por el principio y es alli donde te asombrás de estar asi, acostada en plena calle, rodeada de buenos desconocidos. Te desprendes por un rato de la agitación que te rodea y te preguntas si llegarás a tiempo al concierto de jazz esa noche o si mejor te quedas recostada, manteniendo la horizontalidad, descansando y leyendo alguno de esos dos buenos libros de Mankell nuevitos que te esperan.
Dudás de que ninguna de esas dos cosas vayan ocurrir cuando ves que la sirena y las luces vienen a buscarte, dejas que los demás sigan decidiendo por vos y mirás hacia el cielo y descubrís una oportunidad que pocas veces se te brinda, las estrellas te miran por entre las hojas doradas del mismo tilo que todos los días saluda desde tu balcón.
Seguis en tu horizontalidad y te tienen que bajar las luces del techo del  transporte para no enceguecerte. Llegás adonde tendrás una quietud "in extremis" durante cuatro horas, pasan rostros dulces y amables pero luego desde tu posición te encontras con una nueva  y casi insignificante compañía: pendiente de su sutil trama, una arañita. La observas trabajar, mientras otros lo hacen contigo y te distraés. Se suceden las bromas para pasar el rato de inmovilidad, a la espera de un nuevo traslado, hasta que finalmente llega. Nuevas luces.
En un provisorio lugar de estadía, tu horizontalidad te deja exactamente debajo de un techo extraño, con algo de celestial que da ciertos escalofríos. Preferís la calidez de la laboriosa arañita.
Un antiguo y lujoso ascensor que te lleva a un espacio más privado, deja ver pequeña araña de bronce y caireles pendiendo de un tapizado en tercipelo rojo, vaya detalle.
Finalmente lográs autorización para volver a tu postura erguida y en un breve espacio de 4 x 4 metros te sentis libre como en una verde pradera, eso si olvidas que ya es la medianoche y que tendrás que volver a la posición de unos minutos atrás, pero ahora sabiendo que sos vos quien decide hacia donde y como vas a seguir recorriendo la vida.

martes, 15 de junio de 2010

Llueve sobre el túnel

Afuera llueve y corriendo por las vías, horadando el aire, la máquina descorre inocentes velos. A la derecha, mis ojos se topan con un desvío, donde hay un túnel iluminado con una luz teatral. Dos vías que no llevan a ningún sitio y entremedio de los rieles hay un hombre sentado en lo que parece una endeble silla. Frente a él, pero alejado, un tablero al que el hombre mira sin ver.
Son segundos que me alcanzan para darme cuenta de qué se trata esa escena. No es un hombre cualquiera, es El Hombre de la Silla y la Lluvia. Ya sabía de él pero nunca lo había visto. Claro, hay que estar muy atento para verlo en tan pocos segundos.
El Hombre de la Silla y la  Lluvia respira y trabaja incesamente en un túnel subterraneo, alli tiene el tablero donde maneja las precipitaciones a su gusto. Él decide cuando llueve y cuando no en la ciudad, la intensidad y la duración, volúmen de las gotas o si todo se transforma en granizo. También puede elegir si las gotas en los charcos hacen globitos o no, incluso muchas veces se divierte inundando la ciudad.
Claro, para él todo es sencillo ya que siempre llueve sobre el túnel y nunca se moja. Desconoce la existencia de los paraguas, pilotos, pilotines o garlochas, ni conoce las bondades de un alero o del refugio en las paradas de colectivo.
Pero su vida es muy triste. Nunca estuvo parado detrás de una ventana viendo llover, nunca tuvo 7 años y pisó los charcos con sus amigos, nunca compartió un paraguas con un amor, nunca una lluvia de verano lo empapó de pies a cabeza y lo hizo sentir un hombre vivo y, finalmente, nunca escuchó el ruido de la lluvia sobre las hojas secas ni vio el cielo abrirse en dos por un bello relámpago.
El Hombre de la Silla y la Lluvia tendrá el poder de decisión sobre la lluvia pero yo tengo el enorme placer de enfrentarla y disfrutarla.

Mi agradecimiento a Pilar que me inspiró con el título, producto de su creación

miércoles, 19 de mayo de 2010

La levedad

No corras, no creas en tu intensidad. Solo estás viviendo levemente, como flotando, como apenas acariciando el suelo. No temas pensar, no caerás de golpe contra el piso. Sé que te aterra quedarte a solas con tus ideas y por eso levitas la vida.
Cuando puedas detener esa fábrica de actos mecánicos, descubrirás que planeando aterrizas con los pies y que ahora serán tus miedos quienes flotaran. Apenas rozarán tu piel solo para hacerte sentir viva pero ellos seguirán su camino de agua.
Ya de pie, deja volar también tus pájaros, que ellos se harán cargo de llevar la buena nueva a quienes quieran oírla.