viernes, 2 de diciembre de 2016

La raíz del problema

Para todo hay modas. Por ejemplo, el perro que en todo hogar había que tener en los ’70, era un pequinés. ¿Cuántos ven hoy en la calle? Ninguno. La fórmica era emblemática en los ’60, los pantalones nevados en los ‘80 y así todo. Algunas plantas también tenemos nuestros momentos de gloria. ¿Cuántas dalias ustedes ven en los jardines o en los balcones? Claro, eran de otros tiempos. Yo, por ejemplo, estuve en el pináculo de la fama a mediados de los ’80. ¿Quién no tenía un palo de agua en sus casas? Pero había que saber cuidarnos: que mucho sol, que no tanto, que nos rieguen pero no se pasen. Yo tuve suerte, muy buena mi dueña. Imaginen cuantos años pasaron y yo sigo enorme, en su living, pareciendo ser lo único que se mantiene en pie después de tanto tiempo.
Mónica es quien ha tenido tanta paciencia y dedicación conmigo, soy uno de sus orgullos. Walter, su marido, me llevó a su casa un 18 de octubre de 1987, para el día de la madre. Habían sido papás hacía un par de meses y pensó que yo sería un buen regalo para Mónica. En principio no fue así, ella esperaba algo más personal, más pensado, más contundente. En definitiva, algo más caro. Pero bueno, rápidamente lo perdonó, Walter a veces parecía un chico. Siempre con ese aspecto distraído, de no entender mucho de que viene la cosa.
Me ubicaron en un rincón del living donde me daba un reflejo de sol tibiecito pero no muy fuerte porque no me gusta, me quema. Tampoco podía ir a un lugar oscuro sino pierdo mis verdeamarillos. Mónica trabajaba la mitad del día, volvía siempre con su guardapolvo inmaculado y lo primero que hacía era venir a verme. Controlaba que la tierra no estuviera seca, me hablaba, me decía cosas lindas y acariciaba mis hojas. ¡Qué hojas, señores! No es para vanagloriarme pero siempre tuve los colores y el brillo perfecto, Mónica y yo eramos un equipo implacable.
Walter, con su distracción habitual, sacudía las cenizas de sus Particulares en mi maceta, provocando así un reto de Mónica. ¡Qué descuidado era! Peor que la nena, había que andar detrás de él todo el día.
Pasaron los años y fui creciendo y mi belleza también, pero las visitas no se admiraban tanto de mi presencia, ya estaba fuera de moda. Ya la niña se había convertido en una joven diseñadora, que vivía en un departamento que hacía las veces de estudio. Incluso Mónica le regalo un palo de agua, hijito mío.
Ahora en la casa solo quedamos nosotros tres. Además, Mónica hace un tiempo que colgó el guardapolvo y nunca más salió por las mañanas. Y no sabe qué hacer con sus días. Me sigue mimando pero su tono de voz suena aletargado. Por otra parte, Walter sigue tirándome las cenizas en la tierra pero ya no hace regalos mal elegidos. En realidad, ya no le hace regalos. Y los silencios entre ellos son agobiantes.
Debo reconocer que Mónica está preocupada también por mí, ya no me ve las hojas tan radiantes como antes, dice que me estoy muriendo de pena y se asusta. Y se alerta.
A ver…? Siento sus pasos desde la habitación, pero más rápidos. Trae una cartera grande, de esas que tienen hasta rueditas y ¿sonríe? Se acerca, me abraza amorosamente, me sube a una plataforma con ruedas también y torpemente nos arrastra al carterón y a mí. Atravesamos la puerta y salimos a la calle. Colores, ruidos, personas, más ruedas, otras plantas. Luego de un trecho, nos detenemos y Mónica me dice al oído (sí, tengo oído): “Gracias por avisarme. Ahora ya no nos matará la pena porque una vida nos espera”

 
Andrea M. Leiva

miércoles, 5 de octubre de 2016

Visitando a las amigas de "Caramelos Surtidos"

El miércoles 28 de septiembre estuve como invitada en el programa "Caramelos Surtidos", conducido por Alicia Torti y Claudia María Browne. Leímos "Máquina de mirar", "La raíz del problema" y "En un ajuste de cuentas"

"Caramelos surtidos" es un programa radial que comenzó el 6/01/2016 y se emite todos los miércoles de 18 a 19 hs. por la radio de Ciencias Económicas: www.radiocv.com.ar y en simultáneo por la radio del Centro Cultural Resurgimiento de Villa del Parque: www.radioresurgimiento.com.ar

lunes, 5 de septiembre de 2016

Máquina de mirar



Estoy en el bar “Los Dos Galgos”, tratando de escribir un relato que tengo que presentar en el Taller. Como siempre, me distraigo observando a los concurrentes pero esa es mi principal herramienta: ver. 
Lo que me gusta de este bar es que no hay un televisor encendido y el volúmen de la música es sutil. 
Anteojos negros de Carey, auriculares en la sien;
no me escucha, no me ve,
y yo puedo observar tranquilo

Suena “Cinema Verite” y la voz de Charly me mece. Hasta ahora nada interesante pero veo por la vidriera estacionar una moto de gran cilindrada y muy japonesa. Espero con ansiedad a que se saquen los cascos negros. ¡Vamos! Denme la excusa para comenzar a escribir algo

La playa como un ajedrez, el tipo del Mercedes Benz,
que está tirado ahí nomás,
tiene solo una cosa en mente:
solo una chica tonta más bajo el sol,
como una propaganda de bronceador.

Señor de unos 50 años con una jovencita veinteañera. Padre e hija. No, no me sirven. Ahí entran pero…

Él sabe como impresionar, caminando como Tarzán;
el es Eva y ella Adán,
y yo estoy en cualquier planeta;
presiento que algo va a pasar, las plumas del pavo real
oscurecen hasta el sol y él se siente el rey de la selva.

… el motoquero habla con suficiencia y ella se ríe mientras se levanta el pelo de manera seductora. El tipo saca de su mochila unos libros, alcanzo a ver que son de Economía.

Y yo estoy con la máquina de mirar,
justo en el paraíso para filmar...
Yo puedo compaginar la inocencia con la piel,
yo puedo compaginar...
Yo nací para mirar lo que pocos quieren ver,
yo nací para mirar...Miro!

Ya veo… El profesor y su mejor alumna. Le habla de lo nefasto del neoliberalismo y las terribles consecuencias en América Latina, mientras de reojo controla que nadie se acerque a su moto nipona.

Ahora él le ofrece una manzana, ahora le insiste de probar,
ahora estimula sus membranas ¨por la hotline¨!

Con admiración, la piba asiente mientras él deja caer su mano sobre la suya, como por error. Y ella se queda esperando la estocada final.

En escenarios solitarios la gente se abre un poco más
y hasta dos pobres millonarios se pueden encontrar.
Cayeron los auriculares y los anteojos de Carey,
la luna baja los telones, ya es de noche otra vez.

Ahí va, él acariciándole la nuca y ella fingiendo inocencia.

Ya son las nueve y me tendría que poner a escribir.


Andrea M. Leiva
Septiembre 2016

miércoles, 24 de agosto de 2016

El arranque

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-    Hola, Marina
-   
-    ¿Hola? ¿Me vas a cortar?
-   
-    ¡Ah! Es bueno saber que aún te interesa algo de mi vida
-   
-    No... No, esperá. Nos debemos una charla vos y yo, ¿ no?
-   
-    ¿Por qué no? ¿No creés que me debes una explicación?
-   
-    ¡Desapareciste, Marina! ¡Desapareciste de un día para el otro y nunca más supe de vos!
-   
-    ¡Por favor! Siempre hay otro camino
-   
-    ¡Ah! Ahora la irónica sos vos
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-    Pasaron 10 años, Marina ¡10 años! ¿Y no pudiste dar marcha atrás?
-   
-    Veo que todavía seguís aferrada a eso…
-   
-    No podés ser tan rencorosa y tan..
-   
-    Eramos como hermanas. No dejo de extrañarte ni un día.
-   
-    Sos muy cruel. Además, lo decís desde una soberbia, como si vos fueras Madre Teresa de Calcuta. Vos tampoco hiciste nada aquella tarde.
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-    ¡Y sí! Yo hice lo único que podía hacer, frente al shock
-   
-    Pero ¿preferías vernos presas? ¿Eso querías? Bueno, fijate si la causa aún no prescribió y declará. Pero, lo sabés, vas atrás mio.
-   
-    ¡Vos la viste! La nena salió de entre unos pajonales y se cruzó en la ruta. ¡No se podía esquivar!
-   
-    No, eso no lo puede asegurar nadie, son cosas que dicen los forenses para generar culpa y crear morbo.
-   
-    Ay, Marina, Marina… Te dejo pero estás muy equivocada y lo sabés. Yo te arranqué de allí, yo te pedí que no lloraras, yo planeé todo de manera fría, . Pero también fui yo la que te ordenó, mientras llorabas y llorabas, que te pasaras al asiento del acompañante y que dejaras todo bajo mi control. Y de eso, parece que te estás olvidando. La Marina en quien yo confiaba, solía ser menos ingrata.
-

Andrea María Leiva
Agosto 2016

miércoles, 17 de agosto de 2016

Mondo Lavoro

- No sé, te encuentro después de 20 años y das vueltas y vueltas. Nunca me terminas de decir de qué trabajas…
- Bueno, es que no es sencillo de explicar. Tiene sus complicaciones
- Pero che, me menosprecias. ¿Qué tan difícil puede ser?
- Es que en realidad tiene sus bemoles pero… está bien. Voy a intentarlo. Trabajo para un grupo de clientes muy especiales y ...
- Sí, me imagino. Debe ser para la CIA ¿no?
- Ah, bueno… si lo vas a tomar así, ¿para qué me preguntás?
- Perdón, perdón… tenés razón. Seguí
- En principio investigo a qué se dedica esta gente, desmenuzo lo que hacen, lo que ofrecen o lo que venden.
- ¿Detective privado?
- ¿Puedo seguir?
- ……
- Después lo codifico para que otras personas puedan entenderlo. Casi, casi como un criptólogo de la Segunda Guerra Mundial pero no, antes que lo preguntes, tampoco soy espía.
- Ajá… Sigo sin entender nada. A ver… ¿trabajás en una empresa?
- Nooo, soy independiente.
- Y esta gente especial, ¿te paga?
- Y sí… claro. Yo tengo que traducir lo suyo para el resto de la población
- Upa… De idiomas no se trata ¿no?
- No, pero ¡mirá! sí de lenguajes.
- ¿No son lo mismo?
- No, el lenguaje es un medio de comunicación que puede ser verbal, no verbal, gestual, ¡informático!. En cambio el idioma es propio de un grupo de personas y puede ser oral o escrito.
- Ahhh, ya sé ¡sos semióloga!
- Jajajaja, no no. Pero me nutro de la semiótica. ¡Bien! Veo que vas entendiendo. Mirá, yo estoy en el medio de una comunicación.
- ¿En un medio de comunicación?
- Sí, en el New York Times. ¡No seas salame y oí bien! Escucho a los clientes, profundizo lo que me cuentan y después mediante el uso de colores, imágenes, tipografías, códigos y lenguajes trato de contárselo a la gente en general, pensando y estudiando antes que ven ellos cuando ven
- ¡Publicista! ¡Publicista! ¿Por qué no me lo dijiste antes?
- ¡Por qué no lo soy! El canal de distribución es diferente, es como una telaraña y mi trabajo se distribuye en red.
- Listo, me rindo. Pagá vos el cafecito que a mí se me hace tarde y, cuando de verdad quieras contarme a qué te dedicás, me hacés un llamadito. O escribilo, por ahí haciendo una novela de esto te sale más fácil.

- … ¿Por qué no habré estudiado para maestra, como quería mamá?


Andrea M. Leiva
Agosto 2016

jueves, 16 de junio de 2016

Puro humo


El doctor y sus controles, mis hijos y sus cuidados, mis amigas y sus consejos. En fin, no me puedo quejar, estoy rodeada de afectos que me obligan a cuidar mi salud. De todas maneras, yo insisto de una manera lúdica en repasar la historia familiar: mi madre y mi abuela murieron ambas después de los 95, sin haber sido ninguna de las dos un ejemplo de vida saludable.
Eso sí, el haber fumado un atado de cigarrillos por día durante 60 años no es algo que hayan hecho mis predecesoras y la tos que me ha venido acompañando en el último tiempo tampoco son una muestra de pulmones limpios. Pero, ¡dejar de fumar a los 75 años! En fin… Tampoco es una empresa que me quede grande, soy tan tesonera como mi mamá. Ella, todo lo que se propuso, lo logró y yo soy su vivo retrato, eso sí.
Llevo 9 días sin tocar un cigarrillo, es esencial que llegue a los diez días. Dicen que es la barrera a vencer. Aunque hoy tengo muchas ganas de dejarme ganar. Estaba caminando como poseída por mi departamento y llena de furia, por eso vine acá, para tomarme un café con leche con churros, algún gusto hoy me tengo que dar. Sí, algo que mejore mi humor.
¿Por qué les habré prometido que, sí o sí, este mes dejaba el cigarrillo? Siempre comprometiéndome a cosas que no son tan fáciles de llevar a cabo, después, claro, exploto por cualquier cosa. ¡Cómo extraño a mi marido! ¡Qué paciencia le tenía a mi mal humor cuando llegar a un objetivo se me hacía arduo! Inculcamos a los chicos la disciplina para alcanzar metas, por momentos reconozco  haber sido un poco severa pero para eso estaba Iván, para bajar un poco la rigidez. Pero tan dura no he sido, viendo con el cariño  con el que hoy me cuidan los chicos.
También tengo a mis amigas, que ayer se mostraron muy contentas. Después de nuestra ronda de té, me preguntaron cómo sobrellevaba esta abstinencia. Y me vieron tan fuerte que ya dieron por logrado lo mío. Pero no, no es tan fácil. Si usted supiera entender… 
- Sí señora, yo la entiendo. Pero, o se sienta en una mesa de las que están en la vereda o lo apaga.  Acá está prohibido fumar. 
- Está bien, che… Llevame el café y los churros afuera. Mañana retomo la  cuenta hasta diez.


 Andrea M. Leiva

miércoles, 15 de junio de 2016

En un ajuste de cuentas


Esa muela lo tenía a mal traer a Ignacio, así q fue raudo a la guardia odontológica. Como siempre, de dos ascensores solo funcionaba uno. Después de hacer la cola, finalmente quedó sólo para tomar el siguiente ascensor. Dejó salir a todas las personas y entró, apretó el botón para que se cerraran las puertas y cuando fue a marcar el piso de emergencias, la puerta se volvió a abrir. La autora de la nueva apertura era Micaela. Ay, ay, ay…. Nada menos que Micaela.
Cinco años atrás la relación entre ellos había finalizado pésima en el registro civil mismo. Cuando Micaela estaba llegando al registro, él ya estaba volando a Islandia. Obviamente que fue un escándalo. Ni la familia ni los amigos de Ignacio conocían ni imaginaban este abrupto cambio de planes, provocando en principio dudas sobre su paradero. Incluso hubo denuncia a la policía por su desaparición, búsqueda por las redes sociales y por los medios, hasta que dos días después llamó a su madre para avisar que estaba bien y que ya iba a volver pero que no se iba a casar, que por favor le pidiera perdón a Micaela en su nombre.
“Como siempre, escudándose tras su madre”, pensó Micaela entre sollozos y furia, mientras juntaba sus cosas para irse del departamento que compartían. Algunas de las que no se llevaba, que claramente eran de Ignacio, amanecieron destruidas. Sobre todos sus preferidas: las 3 Stratocaster, su equipo de música, toda la colección de vinilos. Y los libros, arrojados al contenedor de reciclable. No, Micaela no tomo a bien sobre todo el que Ignacio nunca haya vuelto a dar la cara. Se esfumó en el aire. Se cansó de llamarlo, de enviarle mails, mensajes en el celular, solo preguntándole qué pasó, por qué. Pero Ignacio escapó siempre.
Allí estaban estas dos almas rotas juntas en el ascensor. Ignacio sintió que se le aflojan las piernas y solo atinó a murmurar un: - Uh, hola…, mientras bajaba la vista.
Micaela lo miró con pena y lo notó avejentado, una barba desprolija, surcos alrededor de los ojos y el pelo revuelto, como siempre, pero ya entrecano. En cambio ella se veía tan fresca, exactamente como cinco años atrás. O más linda.
Micaela agitó sensualmente su melena, mientras apretaba el botón de Stop y el ascensor quedó trabado. Giró sobre sí misma y comenzó a mirarlo fijamente.
- ¿Por qué así, Ignacio? ¿Por qué?
- ¿Qué hiciste? ¿Por qué lo parás? ¿Ahora tenemos que hablar?... No sé, vivo arrepintiéndome cada día de mi vida pero es lo único que me salió hacer y después no pude enfrentarte, ya me conocés. Sé que fui un grandísimo boludo. Pero por favor, destrabá el ascensor, sabes que esto no me gusta. Lo del encierro, digo.
- Y por qué debiera tener piedad con vos? ¿Acaso pensaste un poquito en mí cuando decidiste patear todo en un tris, sin explicación alguna?
- Abrí, Mica, te lo pido por favor. Sigamos afuera, tomemos un café, lo que quieras pero abrí por favor.
- ¿Mica? Ja, mirá vos como apelas al diminutivo
- De repente me sentí ahogado, eso pasó. La vida en pareja me estaba haciendo sentir encerrado y después no pude parar toda la bola de nieve del casamiento. Y… yo quise… ¡Abrí, por el amor de Dios!!

El ascensor lentamente pareció cobrar impulso pero luego de un corcoveo, volvió a detenerse. Ignacio se recordó en los días previos al casamiento, esa falta de aire, esa necesidad de escape. Todo parecía regresar. Los oídos comenzaron a zumbarle, mientras iba cayendo de rodillas en un gesto de perdón e imploración. La respiración parecía entrecortársele, a la vez que gemía y se ubicaba en posición fetal.
Nunca notó cuando el ascensor comenzó a subir, ni cuando se abrió la puerta para dar paso a la salida de Micaela.
Los técnicos del service lo llamaron desde planta baja, para cerciorarse que todo estuviera bien. Nadie imaginó en la clínica que esos 10 minutos de desperfecto en el ascensor podrían devolverle un único ocupante muerto y, como arrojada sobre su cuerpo, una invitación de casamiento.



Andrea M. Leiva

miércoles, 1 de junio de 2016

Con ojos de gato



Vivo con ella desde hace ya algún tiempo y la observo mucho. A veces desde mi cama negra con lunares rojos, debajo del sillón pseudo Paulin (a mi no me engañan, sé que lo compraron en oferta en un hipermercado). Otras veces siguiéndola por la casa y otros, los días de calor, desde el sofá del living, en ese huequito que se hace entre los dos almohadones
La Señora sale de su cama cuando aún está oscuro y no hay tanto ruido en la calle. A veces la sigo y juntas vamos a la cocina. Me siento en el piso a su lado esperando que caiga algo desde ese lugar donde trastea y pone todo en una bandeja. Enciende máquinas diabólicas: de una sale un líquido naranja, de otra, dos tazas con humo y de una tercera saltan dos pedazos de pan, que nunca terminan de caerse al piso, donde igual las espero con sumo grado.

Luego la acompaño hasta el cuarto donde mágicamente se enciende la luz y aparece el Señor de las Dos Caras, que a veces sin piedad, me echa de la cama grande y en otras es alguien encantador que me acaricia mientras lee, o que se tira al piso para jugar conmigo. Pareciera que con la Señora es más equilibrado o al menos no la veo preocupada, ni mucho menos. También vive en esa casa la Chica Mimosa, que vive atrapándome, llenándome de besos y arrumacos y hablándome como a un bebé. Debo reconocer que casi siempre me dejo atrapar, aunque lo disimule con un trote corto.
Más tarde y más sola, cuando el Señor y la Chica ya se han ido hacia algún lado de donde espero todo el día que regresen, la Señora se sienta muy cerca mío, en el sillón cantarín. Esta situación al principio no me deja dormir, ya que mientras la Señora mira fijamente una pantalla y agita los dedos en una botonera negra con símbolos blancos, se mueve y el sillón canta o silba desafinadamente. Al tiempo logro dormirme igualmente y, hasta oí decir por ahí, que ronco.
Otras veces me sobresalta la canción de Bob Esponja (¡qué buen dibujo ese!) y siempre coincide con que inmediatamente la Señora toma una cajita negra, se la lleva al oído y habla. A veces pareciera que cambia la voz y sonara muy formal, en otras la oigo reír a carcajadas y la veo estirarse relajada, debe estar hablando con sus amigas o con el Señor de las Dos Caras. Entonces, yo también me distiendo en mi camita y retomo mi descanso.
Pero hay dos cosas que me gusta compartir mucho con la Señora: que me suba en su hombro como si fuera un lorito y me lleve por toda la casa, como en una representación circense, acurrucarme junto a ella en la cama grande para compartir algunas siestas, pero esto último, por favor, que no lo lea el Señor de las Dos Caras. Es un privilegio que tengo solo en su ausencia y no quisiera perderme el poco respeto que me tiene.


Andrea M. Leiva