miércoles, 27 de abril de 2016

Células desmadre




En el auditorio principal de la Universidad de Ciencias Biológicas iba a brindar una conferencia el Dr. Manuel Pérez Lozando, catedrático distinguido de la Universidad de Madrid.
 
El doctor era un reconocido especialista e investigador en células madres. Profesionales, estudiantes y gente de a pie habían hecho reservas con mucha antelación para poder estar presente en la charla. El científico iba a desarrollar una exposición sobre dichas células como armas contra el envejecimiento. Seguramente él tenía la última información sobre el tema. Y un buen detalle era que tenía fama de ser sumamente didáctico y ameno, pese a tener que hablar sobre un tema tan complejo.

Cuando llegó el día, la escalinata de la Facultad estaba repleta de personas ansiosas por ingresar. Abrieron las puertas del auditorio y todo el público se ubicó ordenadamente en sus mullidos asientos, la conferencia no iba a durar menos de 4 horas.

Lentamente fueron bajando las luces y cuando solo iluminaron el escenario, el doctor ya se hallaba ubicado en él. Un cálido y efusivo aplauso le dio la bienvenida. Era un hombre de alrededor de unos 50 años, con abundante cabellera oscura, ágilmente juvenil en sus movimientos y derrochando simpatía así, sin más verle.

Rápidamente comenzó su conferencia, brindando todos los detalles de las más recientes investigaciones sobre las células madre como aliadas para combatir la senilidad. Promediando la charla propuso al público un juego: que adivinaran su edad. Los pocos que se animaron a hablar arriesgaron números que rondaban los 50. Les respondió que estaban algo lejos de la verdad, que tenía 67 años. Inmediatamente confesó que él mismo experimentaba con el tratamiento que estaba investigando. Un murmullo de sorpresa recorrió toda la sala, mientras el profesional caminaba con evidente orgullo. Cuando todos se acallaron continuó con su conferencia.

Pero en un momento, algo comenzó a sentirse diferente. El público, lejos del anterior murmullo, se sumergió en un extraño silencio y miraba al escenario fijamente. A medida que los minutos avanzaban, la gente se animó a mirarse entre sí, como interrogándose gestualmente. Ya nadie prestaba atención a la palabra científica y el doctor se sentía incómodo, ya no era la estrella pero tampoco comprendía el motivo de la distracción del público. Con disimulo, miró a sus espaldas y hacia los foros, pero no notó nada extraño. Repentinamente lo acosó un gran cansancio, lo que no era de extrañar, hacía menos de  24 hs que había llegado desde Europa.

De las últimas filas del auditorio, algunos se levantaron y se retiraron, creyéndose menos expuestos, pero el doctor, aunque en sombras, veía que las personas se inquietaban y se iban retirando. Trató de recordar que podría haber dicho que los hubiera ofendido o asustado pero más lo asustó no poder recordar qué era lo que había dicho hace unos minutos atrás.

El público perdió toda la compostura y comenzó a ir hacia la salida, en medio de gritos y corridas. Tratando de atravesar esa masa de gente horrorizada, llegó un equipo médico que habían llamado previamente los organizadores. Pero el panorama era desolador e inexplicable.

Faltaba aún un muy largo camino para poder hablar sobre la ayuda de las células madre para detener a la vejez. Más bien pareciera todo lo contrario, viendo al borde del escenario a un irreconocible, yaciente y muy envejecido Dr. Pérez Lozando.



Andrea M. Leiva

miércoles, 20 de abril de 2016

El rengo y el gordo


Sentado en el sillón de cuerina gris una siesta de otoño, trataba de resolver un crucigrama, dos crucigramas, el crucigrama.

Cinco años atrás había comenzado una carrera universitaria. Su vocación se encontraba entre esos viejos frascos marrones y azulinos, con sus hierbas, polvos y cáscaras. Quería ser farmacéutico, como el rengo de la otra cuadra pero feliz, porque tampoco es que le emocionará terminar bailoteando en el extremo de una soga. No, él quería ser como el gordo amigable que vino después, el que cuidaba de todo el vecindario, dando consejos para aliviar síntomas y poder eludir así a la guardia médica.

Sus amigos lo siguieron en su elección. Un poco porque no tenían tan claro como él el camino a seguir y sobre todo porque ninguno de ellos quería separarse del grupo.
La democracia estaba a la vuelta de la esquina y la Facultad era pura ebullición y eso lo entusiasmaba.

Pero a poco de ingresar, la llama que llevaba consigo comenzó a parpadear. Ni la política efervescente, ni las fiestas, ni los nuevos compañeros y ni los viejos amigos conseguían mantenerla encendida. La existencia se convirtió en una bolsa de preguntas sin respuestas. Las dudas cayeron sobre su cabeza torrencialmente y ya pensaba más en el rengo que en el gordo feliz.

Silencios, pastis, idas a clase en estado de suspensión, fracaso tras fracaso en las aulas. Todo iba enrollándolo en una madeja angustiosa, en una caída sin fin, sumando un día atrás de otro y nada más.

Pero un día el fueguito comenzó a chisporrotear y el amor tuvo un lugar, la caída se desaceleró. Tumbo tras tumbo sobrevivía a una carrera que lo estaba aniquilando de manera mezquina. Los frascos y sus contenidos terminaron siendo todo un descubrimiento para sus amigos y toda una decepción para él.

Los tumbos lo hicieron llegar hasta el sillón de cuerina gris una tarde otoñal. Escribió la última palabra que le faltaba: “Dejar una actividad u ocupación o no seguir realizándola”. Y de un solo envión se puso de pie, las pupilas se le encendieron, sonrió y el fuego comenzó a vibrar. El crucigrama  ya estaba resuelto.

Andrea M. Leiva

miércoles, 13 de abril de 2016

Los culpables

Leo por culpa de mi hermano, porque lo observaba abstraerse con sus libritos de aventuras y se olvidaba de jugar conmigo. En cuanto pude, le birle uno de ellos y así leí mi primer libro grande, largo: Robinson Crusoe. Y mis días ya fueron otros y mi vida fue muchas vidas.

También mi papá tuvo su gran parte de culpa, cuando traía de la Biblioteca del club, la que nadie visitaba, un cúmulo de libros sin ton ni son pero con los que creía estar contribuyendo a nuestra formación. Con ocho, diez años, un día podía tener entre manos "El Discurso del Método", de Descartes, otro día "Memorias de Ultratumba", de Chateaubriand y otro "Crimen y Castigo", de Dostoievski. Claro que leía retazos porque tenía que esforzarme mucho pero sabía intuitivamente que en todos esos párrafos había algo mágico, aunque no interpretara bien qué. 

Pero el que sí leí completo y absorbí fue "La ciudad de los locos", de Souza Reilly. Y no una, sino muchas veces hasta que lo perdí. Ese mundo inverso me despabiló. Después de todo, la locura no era tan mala, llevaba consigo la libertad de hacer lo que uno quería. Lo perdí durante 25 años, hasta que lo recuperé reeditado por Adriana Hidalgo. Y ese libro hoy no se presta.

¿Quién tiene la culpa de que escriba? Otra vez aparece la figura de mi padre junto a un mamotreto que me fascinaba, aún antes de conocer el abecedario: la máquina de escribir. Iba a visitarlo a la oficina y lo primero que hacía era sentarme frente a una de ellas, y escribía como poseída hojas y hojas que luego mostraba a mi madre con orgullo, pero tenía cinco años y mis textos eran ilegibles. Ya habiendo comenzado la escuela, a veces llegaban a mi casa dos máquinas de escribir Underwood: una era del club barrial, donde mi padre transcribía las actas y otra era de unos amigos, para cuando mi hermano tenía que hacer tareas. En cuanto ellas quedaban libres, me las apropiaba y escribía ya con cierto sentido. Así apareció mi primer cuento, donde el protagonista con su propio revolver mataba a su propia madre. Claro que asustaba bastante a mis pocos lectores y ni hablar de a mi propia madre.

Gran empujón tuve en el secundario, cuando una profesora y Horacio Quiroga no hicieron más que alentarme en la realización del cuento, del relato. Y luego los años me siguieron rodeando de culpables: amores, amigos, autores, lectores, hechos, sueños (y junto a ellos, mis psicoanalistas), viajes y los días.

Como se ve, culpables de incitación al delito hay muchos. Criminal, una sola.  Miento y me miento, asegurándome así que la finitud no me impida vivir mil historias, mil realidades y sobre todo, muchas, pero muchas vidas.

Andrea M. Leiva
Abril 2016