miércoles, 13 de abril de 2016

Los culpables

Leo por culpa de mi hermano, porque lo observaba abstraerse con sus libritos de aventuras y se olvidaba de jugar conmigo. En cuanto pude, le birle uno de ellos y así leí mi primer libro grande, largo: Robinson Crusoe. Y mis días ya fueron otros y mi vida fue muchas vidas.

También mi papá tuvo su gran parte de culpa, cuando traía de la Biblioteca del club, la que nadie visitaba, un cúmulo de libros sin ton ni son pero con los que creía estar contribuyendo a nuestra formación. Con ocho, diez años, un día podía tener entre manos "El Discurso del Método", de Descartes, otro día "Memorias de Ultratumba", de Chateaubriand y otro "Crimen y Castigo", de Dostoievski. Claro que leía retazos porque tenía que esforzarme mucho pero sabía intuitivamente que en todos esos párrafos había algo mágico, aunque no interpretara bien qué. 

Pero el que sí leí completo y absorbí fue "La ciudad de los locos", de Souza Reilly. Y no una, sino muchas veces hasta que lo perdí. Ese mundo inverso me despabiló. Después de todo, la locura no era tan mala, llevaba consigo la libertad de hacer lo que uno quería. Lo perdí durante 25 años, hasta que lo recuperé reeditado por Adriana Hidalgo. Y ese libro hoy no se presta.

¿Quién tiene la culpa de que escriba? Otra vez aparece la figura de mi padre junto a un mamotreto que me fascinaba, aún antes de conocer el abecedario: la máquina de escribir. Iba a visitarlo a la oficina y lo primero que hacía era sentarme frente a una de ellas, y escribía como poseída hojas y hojas que luego mostraba a mi madre con orgullo, pero tenía cinco años y mis textos eran ilegibles. Ya habiendo comenzado la escuela, a veces llegaban a mi casa dos máquinas de escribir Underwood: una era del club barrial, donde mi padre transcribía las actas y otra era de unos amigos, para cuando mi hermano tenía que hacer tareas. En cuanto ellas quedaban libres, me las apropiaba y escribía ya con cierto sentido. Así apareció mi primer cuento, donde el protagonista con su propio revolver mataba a su propia madre. Claro que asustaba bastante a mis pocos lectores y ni hablar de a mi propia madre.

Gran empujón tuve en el secundario, cuando una profesora y Horacio Quiroga no hicieron más que alentarme en la realización del cuento, del relato. Y luego los años me siguieron rodeando de culpables: amores, amigos, autores, lectores, hechos, sueños (y junto a ellos, mis psicoanalistas), viajes y los días.

Como se ve, culpables de incitación al delito hay muchos. Criminal, una sola.  Miento y me miento, asegurándome así que la finitud no me impida vivir mil historias, mil realidades y sobre todo, muchas, pero muchas vidas.

Andrea M. Leiva
Abril 2016

8 comentarios:

  1. Muy lindo hermana (como todo lo que escribís).
    Aunque me preocupa un poco ser partícipe necesario.
    Bah, de última pruebo con la "ley del arrepentido"
    Abrazo grande

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    1. Gracias, hermano!! jajaja. Mirá que ahora para imputar son todos rápidos. Abrazo

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  2. Que lindo Andrea!! Me encantó!! Beso!!

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  3. Que lindo Andrea!! Me encantó!! Beso!!

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  4. Qué lindo Andrea,a seguir escribiendo!!!
    un beso grande

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    1. Jajaja, me hiciste reír con la aclaración. El Unknown me había puesto nerviosa. Gracias, Ale!!!

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