jueves, 23 de septiembre de 2010

Un borracho, dos chicas y una puta

Este traqueteo me está volviendo loco. Mi cabeza va de acá para allá. No sé si es por el movimiento del colectivo o son los guantazos que me tira el vino que tomé antes en un bar del centro. Uno, dos, tres vasos. Hasta ahí llegó mi cuenta y después no supe más. Estoy volviendo a la pensión, ni me acuerdo como llegué hasta la parada.

Es siempre lo mismo, un vaso comienza a cubrir el tiempo que llevo sin trabajar, desde que el Manco tuvo que cerrar el taller. El siguiente nubla la partida de Graciela y la Nena, ya cansadas. El tercer vaso va solo porque estoy triste.

Ya queda poca gente en el colectivo y entre los asientos descubro a dos chicas, si hasta se parecen a la Nena. Al pricipio las oí reír pero ahora no, parecen preocupadas y miran con desconfianza, como desconociendo todo.

A medida que nos acercamos a la parada final, vamos quedando menos y terminamos solos el chofer, las chicas y yo. ¿Una de ellas era la Nena? No sé, no veo bien. Es que se me nubla la vista.

La que me parece la Nena está asustada y mira a su amiga deconcertada. Cuando el colectivo recala en su final, me doy cuenta que las chicas están perdidas. Les digo que ahi termina el viaje. Me miran con miedo y, dudando, le preguntan al colectivero. Claro, les da más seguridad alguien sobrio, limpio y afeitado. Lo que pasa es que la Nena no me reconoce.

Me bajo como puedo y les explico donde estamos pero no sé si mis palabras se entienden. No importa, el colectivero resultó macanudo, ni siquiera se rió cuando me tropecé con la punta del adoquín sobresalido.

Ahí veo a Caty que me está mirando y todo vuelve a empezar.


***

Menos mal que el frío se va alejando, el invierno hace más duro mi andar y ya ni me acuerdo cuando ni cómo comencé mi camino. Los pasos sobre la calle hacen que se vayan distorsionando los recuerdos. Hoy todo está tranquilo, tengo ganas de ir y tirarme en la cama a escuchar la radio y cerrar los ojos y hacer como que no soy yo. Pero no puedo.

A lo lejos veo el bamboleo del colectivo, llega generalmente vacío o a veces trae a Luis. Pobre, me recuerda a mi viejo, boxeador fracasado y borracho triste que solo volvía a casa para tumbarse en la cama a dormir y llorar. Luis es un buen tipo que está perdiendo por knout out aunque yo no esté mejor parada en el ring.

¡Que raro! Llega el colectivo y se bajan dos chicas y Luis. Veo que Luis les explica algo y dibuja en el aire rutas fantasmales. Deben estar perdidas las chicas, seguro que piensa que una de ellas es la Nena. Siempre cree ver a la Nena. Veo que suben al colectivo que está a punto de partir. La Nena finalmente va a volver a su casa.

¡Ay! Se tropezó y a mi me dan ganas de ir corriendo a sostenerlo y abrazarlo pero tengo que seguir esperando. Lo veo venir a paso confuso y ya no me siento con ganas de estar acá parada, ¡total! no hay muchos clientes. 

Camino apurada hasta quedar al lado de Luis, dudando me pasa el brazo sobre mis hombros  y apoyo mi cabeza en él. Y así, arrastrando los pies nos vamos para la pensión, a soñar que somos otros, a soñar que la vida no nos pudo.
 Andrea M. Leiva

martes, 14 de septiembre de 2010

Mirá para arriba. Mirá para abajo

Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro... Subo los escalones, bajo los escalones. Arriba: la paz, el sosiego. Abajo: el caos y la incertidumbre. No hay una estación en el medio que me indique que hacer ni como encontrar el eje. Subir, bajar, flotar, mientras busco los rayos y las nubes, mientras atravieso el aguanieve y los vientos. No estoy sola pero cada cual a su ritmo y no importa. A veces me alcanzan, otras me sobrepasan pero siempre correteamos en esos cuatro escalones.
Bueno, no siempre son cuatro. Hay días, por ejemplo,  que son ocho para abajo y doce para arriba y eso me sorprende. Y es ahi cuando me alegra no haber perdido mi capacidad de sorpresa ni mis ojos infantiles.
Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro... Fin