miércoles, 20 de abril de 2016

El rengo y el gordo


Sentado en el sillón de cuerina gris una siesta de otoño, trataba de resolver un crucigrama, dos crucigramas, el crucigrama.

Cinco años atrás había comenzado una carrera universitaria. Su vocación se encontraba entre esos viejos frascos marrones y azulinos, con sus hierbas, polvos y cáscaras. Quería ser farmacéutico, como el rengo de la otra cuadra pero feliz, porque tampoco es que le emocionará terminar bailoteando en el extremo de una soga. No, él quería ser como el gordo amigable que vino después, el que cuidaba de todo el vecindario, dando consejos para aliviar síntomas y poder eludir así a la guardia médica.

Sus amigos lo siguieron en su elección. Un poco porque no tenían tan claro como él el camino a seguir y sobre todo porque ninguno de ellos quería separarse del grupo.
La democracia estaba a la vuelta de la esquina y la Facultad era pura ebullición y eso lo entusiasmaba.

Pero a poco de ingresar, la llama que llevaba consigo comenzó a parpadear. Ni la política efervescente, ni las fiestas, ni los nuevos compañeros y ni los viejos amigos conseguían mantenerla encendida. La existencia se convirtió en una bolsa de preguntas sin respuestas. Las dudas cayeron sobre su cabeza torrencialmente y ya pensaba más en el rengo que en el gordo feliz.

Silencios, pastis, idas a clase en estado de suspensión, fracaso tras fracaso en las aulas. Todo iba enrollándolo en una madeja angustiosa, en una caída sin fin, sumando un día atrás de otro y nada más.

Pero un día el fueguito comenzó a chisporrotear y el amor tuvo un lugar, la caída se desaceleró. Tumbo tras tumbo sobrevivía a una carrera que lo estaba aniquilando de manera mezquina. Los frascos y sus contenidos terminaron siendo todo un descubrimiento para sus amigos y toda una decepción para él.

Los tumbos lo hicieron llegar hasta el sillón de cuerina gris una tarde otoñal. Escribió la última palabra que le faltaba: “Dejar una actividad u ocupación o no seguir realizándola”. Y de un solo envión se puso de pie, las pupilas se le encendieron, sonrió y el fuego comenzó a vibrar. El crucigrama  ya estaba resuelto.

Andrea M. Leiva

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