miércoles, 1 de junio de 2016

Con ojos de gato



Vivo con ella desde hace ya algún tiempo y la observo mucho. A veces desde mi cama negra con lunares rojos, debajo del sillón pseudo Paulin (a mi no me engañan, sé que lo compraron en oferta en un hipermercado). Otras veces siguiéndola por la casa y otros, los días de calor, desde el sofá del living, en ese huequito que se hace entre los dos almohadones
La Señora sale de su cama cuando aún está oscuro y no hay tanto ruido en la calle. A veces la sigo y juntas vamos a la cocina. Me siento en el piso a su lado esperando que caiga algo desde ese lugar donde trastea y pone todo en una bandeja. Enciende máquinas diabólicas: de una sale un líquido naranja, de otra, dos tazas con humo y de una tercera saltan dos pedazos de pan, que nunca terminan de caerse al piso, donde igual las espero con sumo grado.

Luego la acompaño hasta el cuarto donde mágicamente se enciende la luz y aparece el Señor de las Dos Caras, que a veces sin piedad, me echa de la cama grande y en otras es alguien encantador que me acaricia mientras lee, o que se tira al piso para jugar conmigo. Pareciera que con la Señora es más equilibrado o al menos no la veo preocupada, ni mucho menos. También vive en esa casa la Chica Mimosa, que vive atrapándome, llenándome de besos y arrumacos y hablándome como a un bebé. Debo reconocer que casi siempre me dejo atrapar, aunque lo disimule con un trote corto.
Más tarde y más sola, cuando el Señor y la Chica ya se han ido hacia algún lado de donde espero todo el día que regresen, la Señora se sienta muy cerca mío, en el sillón cantarín. Esta situación al principio no me deja dormir, ya que mientras la Señora mira fijamente una pantalla y agita los dedos en una botonera negra con símbolos blancos, se mueve y el sillón canta o silba desafinadamente. Al tiempo logro dormirme igualmente y, hasta oí decir por ahí, que ronco.
Otras veces me sobresalta la canción de Bob Esponja (¡qué buen dibujo ese!) y siempre coincide con que inmediatamente la Señora toma una cajita negra, se la lleva al oído y habla. A veces pareciera que cambia la voz y sonara muy formal, en otras la oigo reír a carcajadas y la veo estirarse relajada, debe estar hablando con sus amigas o con el Señor de las Dos Caras. Entonces, yo también me distiendo en mi camita y retomo mi descanso.
Pero hay dos cosas que me gusta compartir mucho con la Señora: que me suba en su hombro como si fuera un lorito y me lleve por toda la casa, como en una representación circense, acurrucarme junto a ella en la cama grande para compartir algunas siestas, pero esto último, por favor, que no lo lea el Señor de las Dos Caras. Es un privilegio que tengo solo en su ausencia y no quisiera perderme el poco respeto que me tiene.


Andrea M. Leiva

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