domingo, 10 de julio de 2011

El hombre detrás del velo

Nunca supo que pensaste, nunca supo que padre irías a ser, abuelo. Las damas cubrieron tu muerte y tu historia con un velo y tu verdad nunca pudo salir. No se te nombró más y ninguna de tus anécdotas lo abrazó. De abrazo solo le quedó un retrato sepiado donde lo tenés amorosamente aupado y nada más.

Papá caminó siempre entre brumas, sosteniendo ese mismo velo que nunca se animó ni pudo descorrer. Al principio estaba muy ocupado cuidando la fragilidad ajena, mientras él mismo se iba deshaciendo de dolor. En un viejo ropero le recordaban tu ausencia un par de polainas y tu reloj de bolsillo.

Después llegó su propia historia pero la tuya siguió injustamente oculta. Yo, una nena curiosa, lo lanceaba para que me hablara de vos pero él más fuertemente se aferraba a ese manto. Protegiendose, protegiendome.

Cuando ya pintaba sus canas, un viejo soldado agitó la niebla y le habló con la verdad pero ya era tarde. Demasiado tiempo de preguntas que apenas se esbozaban, de respuestas que nunca aparecían y que no habían hecho más que ir tallando una oquedad cada vez más grande en su interior.

Un día no pudo más y tomó el velo que te cubría, se lo ató a modo de capa y voló. Y yo, aquella nena curiosa, abuelo, se quedó sin su Superman.