viernes, 16 de marzo de 2018

Sutura



Malena se aseguró de dejar agua suficiente para Pipino, su gato. Tenía por delante una guardia de 24 hs. en el hospital y el día se presentaba muy caluroso, como todos los de esa semana. Acarició a Pipino, le prometió que volvería pronto y que se sentarían a mirar una maratón de cualquier serie policial que estuviera en danza el domingo. Chequeó los mensajes en el teléfono, pero Lu seguía sin aparecer. Reflexionó sobre la dificultad en las relaciones humanas, sobre todo las que entraban en la clasificación de “amorosas”. Tomó las llaves del auto y de un portazo intentó ahuyentar su malhumor. 

Cuando llegó al hospital fue saludando a quienes se cruzaba por los pasillos con un movimiento casi imperceptible de cabeza. Ya todos sabían que cuando la jornada comenzaba así, no convenía agriar más aún el humor de la doctora. Diferentes eran otros días en los que entraba cantando o silbando y haciendo bromas con los camilleros, pero ella no siempre podía evitar las nubes de tormenta. El médico al que iba a relevar le contó un poco de su guardia, que había sido por demás tranquila, tomó su morral luego de haber compartido un café y dejó sola a Malena para enfrentar el día. Echó una hojeada a libro de guardia y confirmó que la anterior había sido una guardia serena. De su mochila sacó el guardapolvo que tenía prolijamente doblado y se lo puso; tomó del estuche el estetoscopio y se lo guardó en el bolsillo, junto a la linterna y por último sacó el libro Cumbres Borrascosas, se le había dado por releer la novela, pero antes de abrirlo, volvió a mirar el teléfono. Seguía sin recibir ningún mensaje de Lu. Con borrascas en su cabeza, puso los pies en una silla y comenzó a leer, mientras otros colegas con los que compartía la sala entraban, tomaban algo fresco y volvían a salir.

A media mañana le avisaron que estaba llegando una ambulancia con una paciente, con posible traumatismo de cráneo. Salió tan apresurada que se le cayó la linterna, insultó al aire, se agachó a recogerla y comprobó que funcionara, cuánto detestaba estas absurdas interrupciones. De otro de sus bolsillos, sacó una gomita para el pelo y se recogió su lacia melena castaña, había olvidado hacerlo ni bien llegó a la sala de los médicos. Caminó apurada hacia la Guardia, a esperar a la paciente. Cuando llegó, alcanzó a oír los estertores de la sirena de la ambulancia y a ver reflejado, contra la pared y el piso, el verde de las balizas que aún parpadeaban. Ya estaba todo el equipo esperando recibir la camilla mientras alguien iba leyendo el parte de los médicos que la habían asistido en el lugar del accidente, al parecer la habían atropellado en una esquina. Cuando ingresó a la sala, Malena se conmovió de ver a la adolescente, aún sobre la camilla rígida. Apenas había sangrado su cabeza, aunque se notaba el impacto y eso la preocupó. Le pidió que abriera sus ojos y le respondió, revisó sus pupilas, el pulso y pidió que de manera inmediata se le hicieran las placas y estudios para poder intervenir y evitar así consecuencias mayores. 

No le gustó a la doctora que se hubiera despertado en ella algo de emoción, siempre había podido trabajar con suficiente desapego del paciente en las urgencias, donde las decisiones se tienen que tomar en segundos, no se permitía estas distracciones. Pero la corta edad de la chica la llevó a recuerdos que siempre estaba tratando de mantener acallados. Se encerró en un consultorio a estudiar el formulario que le había entregado el médico de la ambulancia. Quiso saber la edad de la paciente y no se sorprendió cuando leyó 15 años, era la edad que había calculado y que la había hecho retroceder en el tiempo. Dejó el papel en el escritorio, se levantó como para ir a preparar el equipo de cirugía y pensó que no sabía aún el nombre de la chica, tomó nuevamente el formulario entre sus manos, pero sonó el teléfono para avisarle que ya tenían los estudios listos. Una vez que analizó las placas, fue hasta la sala y volvió a revisar a la paciente, le preguntó por su nombre y ella le dijo que era Sol. Luego fue respondiendo una a una todas las órdenes que le iba dando Malena: movía bien los brazos y la pierna izquierda, la derecha la tenía inmovilizada a la espera de otra cirugía, solo se quejaba del dolor de cabeza. El diagnóstico era fractura de parietal derecho, con hematoma subdural que necesitaba ser reparado. Sol preguntó por sus padres y si lo que tenía era grave; Malena se enterneció, le pasó el dorso de su mano por la mejilla e intentó transmitirle total seguridad. No iba a ser una operación sencilla, pero había tenido la suerte de caer en su guardia: “Yo soy la mejor neurocirujana que pudo haberte tocado” y le guiñó un ojo.
—Ahora voy a hablar con tus padres, para explicarles todo. Mientras tanto te van a ir preparando, nos vemos en un rato en el quirófano. Ponete linda—logrando así dibujarle una sonrisa.

Le preguntó a la enfermera dónde encontrar a los padres, dejó ordenado para que se aliste el equipo para la cirugía y se dirigió derecho a la sala de espera. Una señora mayor, con el pelo blanco, lloraba sobre el hombro de quien supuso sería su hijo. Otro grupo de personas formaban una ronda mirando a la nada y sin decir nada. Malena se acercó a una pareja que se encontraba sentada, él sostenía firmemente a la mujer que no lloraba, pero tenía el dolor tallado en su cara.
—¿Papás de Sol?

El hombre aflojó el estrecho abrazo y levantó la cabeza para buscar a quien los había llamado, encontrarse con los ojos oscuros de Malena fue lo último que imaginaba.  Malena de manera instintiva dio un paso hacia atrás, como queriendo huir, pero ya era tarde.
—Sí, sí.  Somos sus padres. ¡Por favor, doctora! ¿Cómo está ella? —le preguntó la mujer que ya se había puesto de pie. Él seguía clavado en el asiento.

Malena no podía sacar la vista del hombre, aun así y casi con voz de autómata les dio el diagnóstico y el anuncio de que en poco tiempo Solana entraba al quirófano.
—Perdóneme, doctora. Estoy muy nerviosa. Soy la mamá, imagínese que apenas pude entender lo que nos dijo. Lo que quiero saber es cuan grave está.
—Su estado es delicado, pero ni bien pueda descomprimir la presión que ejerce el hematoma, nos quedaremos más tranquilos. Mi equipo está acostumbrado a realizar este tipo de intervenciones, dejen todo en nuestras manos— dicho esto se arrepintió

La mujer le tomó una mano entre las suyas y con los ojos nublados le pidió por favor que se la devolviera sana. El hombre se había puesto de pie, pero no hablaba, solo se miraba la punta de los zapatos. Malena se soltó dándole un apretón de manos a la mujer, algo le dijo entre dientes y se dio media vuelta como para marcharse.
—Lo siento, pero no quiero que la operes vos— oyó esto del padre de Solana y volvió a girar sobre sí misma.
—¿Duda de mi profesionalismo? — Malena mantuvo la distancia, sin pasarse al tuteo
—Gerardo, ¿qué decís? Dejala hacer su trabajo, Sol no puede esperar. ¿No escuchaste lo que dijo la doctora? ¿Qué te pasa?
—Quédese tranquila, señora. Si a su marido hay algo que lo inquieta será mejor que trate de ubicar de manera urgente a algún otro colega. ¿Necesita que sea un cirujano varón? ¿Es ese el problema? ¿A qué le teme, señor Gerardo?
—No quiero a Sol en tus manos. Eso quiero.
—¿Por qué le hablas así, como si la conocieras? Por favor, doctora. No le haga caso, está tan asustado que ni sabe lo que dice. No hagas retrasar las cosas, Gerardo, por favor.

Malena comenzó a perder el control ni bien les dio la espalda. La misma edad que tenía ella, la misma cara de desolación, pero era la hija de Gerardo. ¿Cómo encarar una cirugía de esa complejidad en su estado? La chica tan desvalida, el señor Gerardo… Llegó al consultorio y levantó el teléfono, tenía que conseguir ya a alguien que la reemplazara. Era verano, en la ciudad casi no había médicos, menos aún neurocirujanos. Alguien golpeó la puerta. Se secó las lágrimas.
—Adelante

Gerardo apareció con sus casi dos metros, los ojos azules desorbitados y la remera puesta al revés. Nunca entendió Malena porque prestó atención a ese detalle. Ella se puso de pie, intentó replegarse sobre la pared de atrás, en el brusco movimiento se le cayó la silla.
—Salí de acá, Gerardo. No compliques más las cosas. Destruiste mi juventud, pero ahora eso no va a poner en riesgo a Sol.
—Por favor, no vine a hacerte nada. Entendé que me aterra dejar la vida de mi hija en tus manos.
—No te va a quedar otra que confiar en mí. Es imposible hallar un sábado y, menos a esta hora, a alguien que me reemplace. Necesito que te vayas para poder concentrarme. No retrases las cosas.
—No quise hacerte daño
—15 años tenía, 15 años. Como Sol ahora, ¿te pusiste a pensar? Pero vos ya eras grande.
—Perdoname, era joven y actué por…
—Eras una basura, eso eras. Mi hermano te quería como a otro hermano, ni eso respetaste. Salí de acá, tengo que prepararme y lo último que necesito es que estés sigas haciéndome revolver el pasado.
—Te vuelvo a pedir perdón.
—No, no te lo doy. Una vez te dije no y no lo respetaste, respetá al menos este no y ándate. O llamo a seguridad. Ah, cuando todo esto termine, cuidá mucho de Sol, hay mucho hijo de puta suelto por ahí.

Se quedó sola y eligió llorar para descargar la tensión, sabía que eso le iba a hacer bien. Sonó su teléfono. Lu estaba del otro lado. Después de escucharla brevemente, supo que sí, que después de todo ese tiempo que se había tomado, ella había decidido volver a su lado para no irse nunca más. Entonces Malena se puso de pie, se soltó el pelo, se pasó la mano para emprolijarlo y se hizo un rodete. Salió con paso seguro hacia el quirófano, la paciente no podía seguir esperando.

Andrea M. Leiva
Marzo 2018


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