jueves, 18 de marzo de 2010

No voy en tren. Tampoco en avión. Voy en subte.

 retomado el uso diario del servicio de subterráneos y me he encontrado que las cosas no han variado mucho a través de los años, exceptuando la cantidad de usuarios. Antes era mucha, ahora es demasiada.
Pero ese no es el punto por el que escribo ahora sino que voy a escribir sobre la otra gente. No voy a escribir de las personas que van de un punto X  a un punto Y, gente como uno, bah, sino de la gente que se instalan en un línea durante el día y van correteando de formación en formación y de vagón en vagón. Esta gente también es demasiada.

Una sube en una estación, a veces arrastrada por una marea humana y asi entra al vagón, a los tumbos y de pronto se encuentra con una palma de mano chiquita que quiere ser estrechada por la mia. Así, sin entender bien de que viene la cosa le doy la mano a una criatura que apenas levanta dos palmos del piso y que con la mirada vacía deja adosada a mi mano una tarjeta por demás ajada con un papelito donde se supone describe sus necesidades. Luego con desgano recoge alguna limosna y las tarjetitas, que siempre le son devueltas.

Mientras me quedo observándola, me ataca por detrás un jovencito, no mucho más alto que la niña anterior pero en este caso no tiene tarjetas. Tiene pelotas de colores. ¡Oh, no! ¡Un niño malabarista! Voy a confesar que les tengo miedo. Sí, llamenme del modo que quieran, pero les tengo miedo. Yo vi en una ocasión como una de las pelotitas impactó en la cara de una chica. Y le dolió, vaya que si le dolió. Ahh, con alivio veo que pasa de largo y va al vagón siguiente.

Pero no nos ibamos a quedar solos los pasajeros así como así. De otro vagón se siente acercar  una especie de mantra o por lo menos a mi me suena asi. Claro, no les dije que voy escuchando música con mi reproductor, asi que todo por detrás es un murmullo. Es un señor no vidente que, si bien hace años que hace esto y tiene experiencia en  ir caminando por la formación mientras está en movimiento, a veces tenemos que entre todos ir manteniendolo en el centro del pasillo porque debido a los bamboleos varios parece un muñeco de metegol que va de lado a lado.

El subte avanza y avanza y yo me dejo llevar por unos acordes que emergen de mis auriculares, en la radio pusieron ese tema, el que estaba esperando escuchar cuando de repente un sonido de lata interfiere en mi audición. Tomo el reproductor y como frénetica lo saco de la mochila, lo muevo de aqui para allá, tratando de orientar la antena pero la lata sigue de fondo. Me digo: "¡El celular! Me debe estar sonando el celular" Entonces, no ya  como una frenética sino como una loca sin remedio, levanto la mochila y la escucho. Sí, si ustedes me ven por ahi escuchando mochilas, carteras o tapados, no se asusten, es el primer paso que hago para detectar si está sonando mi celular. Continúo con mi problema de lata, el asunto es que no es mi celular. Finalmente levanto la vista y noto que ya estoy acercandome a mi punto Y (o sea estoy llegando a destino) y ahi resuelvo el misterio. El productor sonoro es otro señor no vidente con una guitarra criolla y un miniamplificador que está embistiendo un tema de José Luis Perales a un volúmen considerablemente alto. Tema y señor que me acompañaron ya demasiadas veces esta semana, como  ¡tres veces!!!!

Bajo del vagón, me saco los auriculares, apago el reproductor y me pongo a pensar que este viaje puede pasar a formar parte de la galería de escritos de mi blog. Después de todo sería como escribir sobre una neo y subterránea corte de los milagros.

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